Oración a los humanos y otros poemas

“…Lo que es realmente importante es cómo el poeta, ese ser bendito, o quizás maldito, percibe lo que lo rodea. Cómo puede tras la locura divina que describe Platón, encontrar lo bello o develar algo terrible a través del lenguaje, y contagiar al espectador del influjo del éxtasis poético. Así, cuando se unen la palabra con la capacidad de asombro del poeta, sin duda podemos ser partícipes del milagro divino. La poesía de Erasmo Nava Espíritu nos permite disfrutar, de esa maravillosa conciencia. En su libro, no sólo están presentes la musicalidad y la cadencia como requisitos para dar cuerpo al poema, sino la contemplación y el afán de búsqueda en el poeta, que es finalmente lo que le da vida, espíritu y fuerza a la creación artística. La sencillez en la poesía de Erasmo es arrebatadora”.
Gema Santamaría
Ciudad de México, 11 de diciembre del 2002

“Este libro tiene la sorpresa, la maravilla de poder hablar de cosas simples, sencillas, a pesar del caos que vivimos en nuestra vida, a pesar de que es muy frenético. Me encontré que todavía podemos dramatizar de alguna manera lo simple, lo sencillo, y también podemos sublimar la tragedia; podemos hacer de un momento muy difícil, como es el accidente de un hijo, en algo crucial y emotivo. Y también, algo importante de Erasmo, es que logra tocar lo más profundo de las personas, sin llegar a tener contacto con ellas”.
Abe Román Alvarado
Ciudad de México, 11 de diciembre del 2002

Un poeta no se conoce por aquello que expresa, sino por su obstinación personal. Erasmo se encuentra alimentado principalmente por su enamoramiento: es un ser vitalista. Es un poeta que habita el mundo, que participa en él, por lo que la cotidianidad le ofrece a diario sus temas. Así, se ciñe a su papel fundamental que sostiene y abarca la triada lírica de muerte, vida y amor. Erasmo está consciente de que todo perece, de que no somos más que desplomes del tiempo, por lo que en momentos se le percibe agobiado por el vacío circundante y a veces se erige con la esperanza de conocer el misterio existencial.

Su poesía observa inusitada sencillez y quietud del verso, por lo que está hecha de sustantivos concretos. Sin embargo, como es un poeta que se une a la vida, y a lo que hay en ella de simple, de pequeño, a lo que casi nadie presta atención, la hace inconmensurablemente grande.

Ante esto, si consideramos que la poesía es ese lugar de encuentro con la experiencia ajena, lo que nos queda es hacer nuestros los poemas que Erasmo hoy nos presenta”.
Abe Román Alvarado
Ciudad de México, 11 de diciembre del 2002

La personalidad y la espiritualidad, en su acepción de aliento y fuerza creadora, son las fuentes inextinguibles del crecimiento humano. El proceso de espiritualización es arduo y no tiene fin, pues el hombre, exige cada vez más de sí mismo para alcanzar su vocación y su destino. La vocación y destino de nuestro presentado, es la poesía.

La poesía en tanto conocimiento, creación y recreación, presenta la vida en su efectiva realidad concreta. La realidad concreta, permite acercarse al ser humano a través de sus creaciones imaginativas, que dejan constancia de sus esfuerzos, pretensiones y renuncias.

La vida es tarea de imaginación y de creación: a la realidad, no hay más remedio que imaginarla. Y, la imaginación y la creación, es preciso ejercitarlas cotidianamente.
Sólo escribiendo se hace un poeta. Y es sólo, de esta manera que el poeta se hace presente en cada verso o frase, impregnando a su obra, de esos aspectos inéditos solamente poseídos por él, mediante el hábil manejo de imágenes, metáforas, alusiones, referencias y, una multiplicidad de elementos y dimensiones, que termina por dominar y hacer suyo el arte de escribir y describir…..escribiendo.

Esa es la descripción más acabada que puede hacerse de nuestro poeta que esta tarde, estamos presentando a la amable consideración de la sociedad mochitleca.

Hagamos ahora, aunque en forma breve, una alusión a la “Oración a los humanos y otros poemas”, el libro que permitirá a su autor, de acuerdo con el proverbio chino, trascender en la vida.

La obra no es extensa. Veintiséis poemas repartidos en cuatro capítulos: 7, 8, 6 y 5, respectivamente. Cada poema obedece a un motivo específico. Han sido elaborados en épocas y estados de ánimo diferentes. En todos y cada uno de ellos se puede apreciar la capacidad -oficio y talento- del autor, para utilizar imágenes y metáforas que no son meros artificios de impacto.

A mi juicio, las virtudes de “Oración a los humanos y otros poemas” son:

a)   presentar y representar el amor escribiéndolo y describiéndolo, sin falsearlo;
b)   intentar la reconciliación de la fe con la razón; y,
c) ejercitar el manejo de una técnica narrativa que nos ofrece, con naturalidad y         sencillez, poemas del ámbito cotidiano cuya lectura nos acerca al mundo de lo posible y       lo imposible.

Me explico: en unos poemas, el hombre es un ente que inventa, produce y reproduce realidades “reales” o fantásticas; en otros, se transforma en el demiurgo que produce y crea: quiere ser el principio activo del mundo para ordenarlo, reordenarlo, reconstruirlo o a veces, destruirlo. Finalmente, en otros pasajes, el hombre mismo se muestra incapaz, incluso, de ser hombre.

Concluyo: el mensaje casi subliminal de la obra, lo encontramos en los siguientes asertos: un afán constante de conocerse a sí mismo, la búsqueda y entrega de afecto y solidaridad hacia su hermano, el hombre, el descubrimiento del amor en todos sus matices, el encuentro con el placer y, su a veces inseparable compañera, la pasión.

Todo lo anterior, más la nostalgia por la tierruca mochitleca que la memoria se niega a abandonar, so pena de “…que las palabras, [queden] arrumbadas en los portones desvencijados”, son el sello distintivo de “Oración a los humanos y otros poemas”, obra debida a Erasmo Nava Espíritu”.
Delfino Alarcón Ventura
Mochitlán, Guerrero, México, 16 de abril del 2003

“Durante los últimos cien años, los seres humanos hemos asistido a profundas transformaciones sociopolíticas y culturales. Hemos sido testigos de asombrosos descubrimientos científicos y de avances no menos espectaculares en el campo de la tecnología y el combate a las enfermedades. Hoy, en promedio, vivimos más años que en otros períodos históricos y contamos con productos y servicios que facilitan la existencia. Sin embargo, para acentuar los contrastes, hemos asistido también a los momentos de mayor destrucción que registra la historia. Los conflictos bélicos del siglo XX y los que ahora mismo enlutan al mundo parecieran decirnos que a mayor progreso material menor es nuestra capacidad de entendimiento y menor, mucho menor, el respeto y la solidaridad que sentimos hacia los demás. Da la impresión, a veces, de que quisiéramos apresurar el fin de los tiempos y convertir en realidad el Apocalipsis bíblico.

Nunca, como en los últimos cien años, creció tanto la población humana; pero nunca, también, como en los últimos  cien años murieron tantos, víctimas de la irracionalidad, de las ambiciones insanas y del poder exterminador de armas cada vez más sofisticadas.

La guerra es la negación de lo auténticamente humano, y es, al mismo tiempo, el triunfo de la barbarie y la necedad.

Lo auténticamente humano se expresa en los valores espirituales y en los bienes en los que éstos se materializan. Bienes y valores integran la cultura; bienes y valores delimitan lo específico de la humanidad.

La guerra es la devastación de la cultura y la demolición de nuestra condición humana. La cultura de la guerra de que hablan algunos es, en realidad, la anticultura; es el camino más corto hacia la angustia y hacia la derrota de la inteligencia.

Por eso si algo ha de salvarnos del exterminio y ha de llevarnos hacia estadios de mayor humanismo ha de ser la cultura; ha de ser ese conjunto de creaciones valiosas que los hombres y las mujeres de todas partes y de todas las épocas, sin menoscabo de ideologías y posición económica, se afanan por entregarnos en un acto de afirmación de sí mismos y de su intención por compartir con los demás el fruto de su esfuerzo.

Hoy estamos aquí para compartir uno de esos frutos; para acercarnos al talento, al esfuerzo creador de un mexicano de bien, guerrerense de nacimiento y, por añadidura, originario de esta tierra de Mochitlán.

La presentación de un libro es siempre un evento de cultura. Y si el libro es de poesía, los lectores podemos aproximarnos a la intimidad espiritual de quien escribe, que es, quizás, lo más delicado y entrañable de su personalidad.

En el acercamiento al esfuerzo de Erasmo Nava Espíritu hemos identificado anhelos, emociones, preocupaciones y sentimientos que corren el velo de su vena poética y nos muestran su enorme y espléndida sensibilidad. Y es que el poeta, tal vez como nadie más, observa el mundo y la vida, los profundiza, los reconoce, los interpreta y los expresa.
El libro recoge 26 poemas, escritos entre 1983 y el año 2002. Los 26 poemas quedaron distribuidos en cuatro capítulos, cada uno correspondiente a una temática diferente: la mujer, la familia y los amigos, la vida, las ciudades.

El lenguaje es sencillo, sin rebuscamientos; pero la imagen poética está ahí, casi en cada línea, presta a embellecer la frase y a conmover a quien la lee.

Sencillez y belleza favorecen la lectura de la obra, a tal grado que “lector y poeta se dan la mano…en un acto de comunión…”  que les permite compartir el mundo. “Hay, pues,…-como diría el Maestro Arqueles Vela- un efecto plástico y sonoro, donde el lenguaje, además de comunicar, satisface una necesidad estética y transmuta los elementos reales en equivalencias metafóricas. Y la metáfora cumple entonces su función básica: no es mero ornamento del lenguaje, sino la esencia del sentir y del pensar idiomáticos.

Erasmo Nava Espíritu es un conocedor de las debilidades y fortalezas del corazón humano. Precisamente la “Oración a los humanos”, poema que da título a la obra, se integra con treinta y dos versos de profunda actualidad. El imperio que hoy ofende la dignidad de más de seis mil millones de seres humanos, bien podría mirarse, como si se tratara de un espejo, en el coraje y la desilusión que expresa el poeta. Un irakí, sin importar edad ni sexo ni condición social, bien podría suscribir, dirigiéndolos al invasor ensoberbecido y criminal, los versos siguientes, escritos hace ya diecinueve años:

“Humanos perversos de la vida
humanos perversos de la muerte
dejar que al menos este día
asomen la aurora y el crisol;
y pueda verte”.

Y la portada del libro, bellísima por cierto, bien podría ser sustituida con una imagen donde los bárbaros montados en tanques, barcos y aviones avanzan sobre la cuna de la civilización: la mítica Mesopotamia y su mártir ciudad: la Bagdag eterna y heroica, mientras las madres lloran a sus hijos y esposos, mientras los niños muestran al mundo sus cuerpos y su infancia mutilados, mientras mujeres y hombres defienden su patria, más que con fusiles, con dignidad y vergüenza.

En su poema utopía (Pág. 55), Nava Espíritu se inconforma con el mundo que hoy tenemos, y apunta su propuesta: un mundo sin políticos, sin policías que roben, sin vicios y sin ocios irresponsables; en todo caso, un mundo con ciudades limpias, donde todos cumplen sus obligaciones y donde florecen las virtudes.

La utopía es un grito de libertad y una afirmación del propio yo. Implica rebelarse contra la injusticia cotidiana y sus consecuencias: el abuso desde el poder, la desigualdad, la pobreza lacerante, la negación de los valores fundamentales del ser humano.

Pero el utopista no sólo denuncia; también ofrece alternativas. Así lo hizo San Agustín cuando escribió la Ciudad de Dios, así ocurrió con Tomás Moro y su obra cumbre, así ocurrió con Owen, Saint-Simón y Fourier (tan cercanos a nuestro autor por su formación de economista), así ocurrió con Aldoux Huxley y Un Mundo Feliz, así ha ocurrido con otros muchos escritores; así ocurre, también, con Erasmo Nava Espíritu.

La ciudad lo atrapa con su luz y sus sombras, con sus alegrías y desencantos, con su compañía y su soledad, con sus amplias calzadas y sus calles polvorientas, con sus soberbios edificios y sus casas de cartón, con sus escuelas de lujo y sus muchos analfabetas, con sus aburguesados lechuguinos y los miles sin redención ni esperanza; la ciudad, en fin, con sus contrastes infinitos, que sirven lo mismo para el elogio, a veces desmedido, como para la injuria a veces, también, desproporcionado. Ciudad de México: majestuosa y terrible, legendaria y real; sueño de muchos en nuestra niñez; destino, a veces sin retorno, de quienes fueron a ella en busca de un porvenir prometedor. La ciudad se mete en el corazón, en la inteligencia de Nava Espíritu y la convierte en espacio de su poesía; así, por ejemplo, dice en el primer poema del libro:

“Para que tú me quieras
recorreré las calles
de mi ciudad ya muerta”

O bien, en el segundo (pág. 21):

“Escucha pequeña,
a veces
me dan ganas de aprisionar al mundo,
demolerlo, triturarlo y masticarlo.

Pero en ese instante
me detengo y reflexiono;
pienso en ti,
y en la ciudad que nos envuelve”.

Y luego, en el tercero (23), dirá:

“Callada y silenciosa la ciudad espera
complacerse febrilmente del sol que la ilumina,
y callado y silencioso espero yo
disfrutar de tu espléndida alegría”.

Y así en otros más; a veces la llama “eterna ciudad”; a veces, “ciudad enfurecida”; a veces, “ciudad vacía”; a veces, “ciudad entristecida”; a veces, ciudad “afligida”, “adolorida”.

Y allí, en esa gran ciudad, uno se llena de soledades y silencios, a pesar de sus millones de habitantes y de sus ruidos infinitos.

Estimado auditorio:

Quienes somos profesores, tenemos claro que no hay una sólida formación de la personalidad sin el concurso de una adecuada y correcta formación literaria. Y en este sentido, la poesía tiene su espacio bien ganado.

No me refiero sólo a la poesía que se declama en las ceremonias cívicas, a veces aprendida por nuestros niños y adolecentes más como un compromiso que como un autentico soporte y fundamento de una educación plena. Me refiero, desde otra línea de reflexión, a la poesía que se aprende para propiciar el gusto estético y para internalizar valores que nos hagan cada vez más humanos.

Hoy, más que nunca después de la Segunda Guerra Mundial, estamos urgidos de vida; hoy, más que nunca en los últimos sesenta años, estamos necesitados de tender puentes de amistad y solidaridad con los demás seres humanos -los de aquí y los otros lugares de México y del planeta-; hoy, más que nunca desde los años de la llamada “guerra fría”, estamos preocupados -a veces, yo diría que angustiados- por el futuro de todos los pueblos del mundo. En el análisis y la comprensión de esta problemática, la poesía cumple una función espléndida: nos permite compartir el punto de vista de quienes han incursionado en los infinitos misterios de la naturaleza humana y han expresado sus hallazgos utilizando los dones del lenguaje y diciéndolos de una forma bella. Hay que impulsar, como diría Juan José Arreola, “el genio del lenguaje que poseemos”; tal vez ahora esté dormido, pero no es imposible para la labor creadora de nuestros buenos maestros o para la tarea educadora de la familia o para el desempeño cabal de la autoridad pública hacer cuanto esté a su alcance por despertarlo. Hay que leer y releer a los poetas de aquí y de todas partes, porque ellos penetran su espacio y su tiempo y nos lo devuelven en jirones de lenguaje que impactan el espíritu y nos hacen habitantes de nuestra localidad, de nuestro país y del mundo.

Leamos a Valmiki, a Homero, a Virgilio, a Dante, a Shakespeare, a Goethe, a Juan Ramón Jiménez, a Cesar Vallejo y a Neruda; leamos a Nezahualcóyotl, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Juan de Dios Peza, a Amado Nervo, a Ramón López Velarde, a Gorostiza y a Octavio Paz; también leamos a Ignacio Manuel Altamirano, a Rubén Mora, a Juan García Jiménez, a Isaac Palacios Martínez, a Erasmo Antúnez López, a Arturo Nava Díaz, a Raúl y Juan Pablo Leyva y Córdoba; y leamos también a Erasmo Nava Espíritu”.
Juan Ramos Valenzo
Mochitlán, Guerrero, México, 16 de abril del 2003

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