La danza mortal de las Palmeras

La poesía de Guerrero en Erasmo Nava Espíritu
Por Adriana Tafoya

Es la poesía de Guerrero una de las que ahora está dando de qué hablar. Sobre todo la generación de poetas nacidos en los 70, y quizá un par de autores de los 60. Las guerrillas, la violencia inherente en la convivencia social, así como la reciente idea gubernamental de etiquetar como “guerra contra el narcotráfico” la iniciativa de militarizar “policiacamente” México, son elementos que han vuelto esta zona, que es conflictiva desde siempre, un lugar natural para el desarrollo de la poesía.

Los poetas que escriben dentro de este Estado, que hace honor a su nombre, Guerrero, son abiertamente críticos de sus gobiernos, de sus gobernantes y de la ruina que envuelve en mucho la conciencia de sus habitantes.

La danza mortal de las palmeras, de Erasmo Nava Espíritu es parte de ese espíritu combativo, y aunque Erasmo nació justo en el año de 1950, dentro de una generación poética que en la República Mexicana está ya muy definida por los que ejercitan este oficio desde muy jóvenes, Erasmo es también un poeta que busca el modo de revelarse, de mantener su inconformidad latente, y en dado caso, ser cronista de eso que alcanza a ver como un agravio para su pueblo, para su gente. Ejemplos de este tipo de poesía, de esta forma de escribir desgarrada, son poetas que de alguna forma por su juventud podrían ser el eslabón siguiente de la poesía de Erasmo Nava, y que entre otros, podemos nombrar a Víctor García Vázquez e Iván Cruz, que si se les lee con detenimiento, es innegable que tienen un acercamiento a las formas y una empatía muy cercana con Erasmo Nava Espíritu. Y sobre todo la similitud que comparten con él se encuentra en el momento de abordar la temática el amor, que aunque lo hagan disimuladamente, desde una perspectiva social, en el fondo de sus conciencias también al igual que Erasmo, son románticos que por sobre todas las cosas creen en el amor y en el concilio de toda la vida con su pareja, parte primordial de su vida. Y al igual que el poeta del que en este momento escribo, se unen al dolor de su rededor, de las mujeres y niños de todo el mundo, personificados en los seres que están vinculados a su vida, sea de manera directa o indirecta.

El trabajo social de Erasmo Nava Espíritu es importante para el desarrollo de este libro, pues es la población de las comunidades que le han rodeado, las que son fuente y materia prima para el conjunto de poemas que dan forma a su tercer libro, que por el título, bien podría parecer una alusión a Las palmeras salvajes, de Faulkner, pero que nada tiene que ver con éste, sino con la tala “inmisericorde” de un símbolo vivo para los habitantes de Mochitlán, su pueblo, y que se vuelve una especie de elegía crónica en la que Nava lamenta tal suceso, y todo “a ras de suelo”, que es un modo de decir: que la tragedia y catástrofe suele suceder, como sucedió, frente a los ojos de todos, sin que nadie tomara un palo, piedras, o palabras para ir a pararse delante de las palmeras simbólicas del atrio de Mochitlán, y que las máquinas no les destruyeran ese “pequeño paraíso” que durante décadas había no sólo ornamentado el sitio, sino que era su corazón verde, sus pulmones.

Me parece que la poesía de Erasmo Nava Espíritu guarda esa esencia de la generación de poetas modernistas, que vivía en la bohemia poco antes de desatarse la Revolución, a principios del Siglo XX. Gutiérrez Nájera seguro le hubiese dedicado alguna crónica en su libro de “oficios de los mexicanos”, o Amado Nervo hubiese brindado con él, mezcal guerrerense en mano, para unificarse en torno a la visita burlada de la muerte. Se hubieran dicho: el tiempo no espera a nadie, mientras escuchaban el canto de pájaros urbanos. Efraín Huerta vendría naciendo, y seguramente hubiese leído de reojo en su futuro, alguna hoja perdida de este poeta poco conocido, pero que se mantuvo en pie de lucha en el campo de batalla de la hoja en blanco mientras duró su vida. Nava Espíritu sería una curiosidad dentro de un librero. Sin embargo le tocó nacer en la segunda mitad del siglo pasado, y ahora se enfrenta a una modernidad que en plena decadencia, exige del poeta otros modelos para armar, y desdeña en mucho, ese “amor ciego” a la vida, al “humanismo” de los poetas y periodistas venidos del siglo XIX. Esto vuelve a la lectura de La danza mortal de las palmeras un viaje en el tiempo, y nos hace sentir en un café donde todo parece obvio. Y si los pájaros vuelan, no está de más decir los pájaros vuelan. Y si el mundo se ve hermoso mientras se despedaza, no nos cabe duda en esperar, de tener la esperanza de que el Mundo algún día cambiará.

Esa es la actitud de Erasmo Nava, con un espíritu necesitado de que la guerra, por incomprensible que sea, acabe. Que los hombres dejen de matarse entre sí, y que sobre todo, dejen crecer los árboles, que no los desprendan de su madre tierra. Un autor que con valor mantiene la pluma activa, y que no teme las inclemencias del tiempo. Por eso felicito a Erasmo Nava Espíritu, y le deseo lo mejor para su libro”.

“Continuamente antes de leerse el libro de un poeta que no se ha leído antes, se da un fenómeno muy extendido y a la vez sutil y poco comentado: éste es, el de tenerse una preconcebida y prejuiciada idea antes de comenzarse a leer dicha obra. Por supuesto, esa prejuiciada idea surge por el mismo desconocimiento al autor, resultando esa una idea por demás nebulosa. Surge como una barrera que se le atribuye a la obra en cuestión antes que a la propia miopía, no sabiéndose en la mayoría de los casos, en qué puede consistir, o el por qué de esa creencia, muchas veces impregnada en la vista de quien lee a un autor que no había leído antes; voluntaria o involuntariamente se parte de la desconfianza desde las primeras líneas. En ese repetido fenómeno, más propio de la pose, la autosuficiencia, el supuesto acertado dictamen del conocedor, la rigidez técnica o académica, o la muchas veces artificiosa búsqueda de una profundidad conceptual y estética, existe un olvido simple: La poesía en su enorme vastedad de densidades, tradiciones, vanguardias, carácter diáfano o laberíntico, y demás; nunca debe estar sujeta sino únicamente a la emoción inmediata y llana, pero siempre con vocación de extenderse, que tiene o debe tener cualquier obra artística. Porque nada más cuando con ojos nuevos, nunca artificialmente dirigidos, se accede a aquello que se desconoce, es posible sin dificultad, comenzar a paladear los primeros hallazgos y sonreír  ante pequeños y breves, o enormes sorpresas, únicamente con ojos nuevos es posible nutrirse con virtudes, que de otro modo pasarían inadvertidas. Y ese discurso, por breve o complejo, destinado a la confrontación con nuestra percepción, entendimiento o ideas, sólo de ese modo puede en quien lee hacer efecto. Y el primer objetivo de toda obra es precisamente ese: causar un efecto en todo aquel que se enfrenta a la obra.

Sean bienvenidos la valentía, el tesón y las diversas voces de quienes se atreven. Cuando un artista expone su obra, expone su persona, su sentir, su razonamiento, su visión del mundo; y es en todos los casos una buena noticia para quienes tienen contacto con su discurso. Pues de esa forma se enriquece con otra voz, la visión de lo que somos como personas, en todas nuestra distintas facetas. Ahí precisamente, en esa otra voz subyace quizá, aquello en lo que no habíamos reparado, o simple pero también enriquecedor, ese discurso del otro instala un puente de charla entre él y nosotros. Una charla que, en la poesía, en el ámbito de lo artístico se convierte en un doble nutriente para nuestra sensibilidad, pues en ello escapamos de nuestra cotidiana inmersión en lo inmediato, lo banal y todas las tangibilidades vulgares, propias de la vida diaria. Ahí, en ese viaje que nos recuerda hay otras visiones, otras percepciones, ensoñaciones, fantasías y abstracciones, y nos pone frente a ellas; es de agradecerse encontrarnos con lo talmente inesperado; volviéndose todo nuestro hallazgo, como una especie de pesca, en la que no sabemos qué especie picará nuestro anzuelo.

Es posible que “La danza mortal de las Palmeras” de Erasmo Nava Espíritu, logre desde sus primeros poemas una espontaneidad, netamente intrínseca al cariz de sus poemas. Porque muy pronto, al ir penetrándose las primeras líneas, se va descubriendo de forma fresca, entre enérgicas abstracciones de sabor mítico, epopéyico, y otras alocuciones sutiles y hasta dulces, ese ingrediente. Y en esa variedad de tonos, sorteando entre la espesura de las invocaciones grandilocuentes y la sencillez del remate diáfano en el requerimiento, aparece pleno y necesario en el autor el tema del amor y el placer. En distintos trozos de historias, poéticamente indefinidas aparecen estos temas siempre recurrentes en la poesía. Ahí surge un sutil dolor soterrado, se agranda, se crispa ante la ausencia. En esos poemas surgidos de la abstracción amorosa en sus distintas facetas, hay un guiño a Gabriela Mistral en el sencillo giro en el cual van desembocando, plenos de una musicalidad emparentada con las rondas. En otros temas que el autor aborda, se contraponen las realidades muchas veces de forma cruel, dándonos a entender de ese modo, cómo en la realidad del mundo existen hechos que de un extremo a otro parecen semejantes, siendo en realidad, la cara brillante y sucia de una misma moneda.

Resulta inmediatamente notorio el acento muy latinoamericano del autor, no sólo por los temas que aborda frecuentemente, sino también por el lenguaje que utiliza, aparejado con la peculiar rítmica y musicalidad de su habla; y para ejemplo ahí está esa sabrosa elegía a Lila Downs, y el guiño a Andrés Henestrosa; encontrándose más y más el lector con esta característica, que en adelante habrá de dar más abundancia de temas, abordados con la misma energía. También, fuera de la recurrida mera abstracción en el arquetipo del poeta atolondrado, lejos de la realidad que prevalece, Erasmo Nava Espíritu muestra sus preocupaciones, sus ideales; no teme comprometer su poesía al incluir en ella, hechos deleznables que justificadamente le indignan. Siendo así, que escapa de la pura fantasía, del mero decir sin complicarse, asumiendo sin menoscabo a nada su posición. Y desde lo más sencillo hasta la vivisección más profunda, el que no teme decir deja clara su postura, como Nava Espíritu cuando alude por ejemplo en Palestina, la criminal política del Estado de Israel.

La voz de Nava Espíritu es uniforme, siendo así fiel a su estilo, sin embargo no es uniforme en sus inquietudes que aborda, dados sus variados temas. Además en ese estilo que se vuelve elástico, puede estar impreso no sólo el tono mítico, la sencillez diáfana fuera de la impostura engolada, la dulzura reconcentrada, o el candor en los ojos del infante. En esta obra de Nava Espíritu, puede encontrarse también, contundencia, en estos versos del poema Con olor a violetas:

Por ello,
antes de que el viento zumbando
se aloje en tus oídos,
antes de que el silencio invada tu memoria,
antes de que tu sombra caiga en el asfalto
y ruede,
contemplaré tus ojos llenos de rosas rojas
y tibias madrugadas,
y viajaré a tu lado,
muy cerca de tu aliento con olor a violetas:
disfrutaré tu risa envuelta en la alborada,
y el color de tu pelo en las alegres mañanas
brilla como si fuera el resplandor del alba.

No tanto en este poema pero sí en otros, pueden encontrarse ecos con la poesía popular, misma que sin más se memoriza y se repite, instalándose su aliento en la tradición de las mayorías.

Además, entre lo popular, el carácter latinoamericano antes señalado y el abordaje de temas auténticamente de tradición ancestral, verdaderamente existentes, Nava Espíritu navega con bastante soltura. Y al final de éste su libro, se yerguen magistrales al mismo, dos poemas de resonancia mayor para esta obra: Los Tlacololeros, una natural recreación -he ahí su acierto-, a esos míticos, enigmáticos personajes ancestrales del pueblo de Mochitlán, de donde es oriundo el autor; poema en el cual, además de la naturalidad con que es abordado, utiliza un lenguaje y enumeración de elementos, con los cuales logra una estupenda recreación; y aunque el poema termina bien redondeado, nos deja con ganas de que haya sido más extenso. Cabe señalar que en el tema específico de estos personajes, fue muy acertado incluir la información precisa acerca de éstos como pie de página, así, con dicha información resulta más disfrutable el poema.

Y en esa vertiente de la tradición, de la cultura ancestral, de un terruño vivo, vital, pero también doloroso, ensombrecido por el drama, aparece La danza mortal de las Palmeras, poema que por su manufactura, apropiadamente da título al libro: En este poema, al leerlo por fin se logra desentrañar el misterio en el significado de su nombre. En La danza mortal de las Palmeras, el autor acertadamente, da una vertiginosa pero estupenda recreación de su pueblo Mochitlán, de sus sentimientos que son los de su gente, y son el sabor, el aire que en ese pueblo se respira, porque no de otra manera, uno, al leer ese poema de eso queda convencido, pasa a una indignación. Fácilmente se pasa a una indignación acompañando a Nava Espíritu. Acompañándolo no únicamente por las palmeras de su pueblo, pues de la identificación con el sentimiento de rabia por la tala de las palmeras de Nava Espíritu, pasamos a indignarnos por la tala infame e imbécil por injustificada, como la tala de árboles que hicieron en esta Plaza Comonfort de Tlalnepantla donde nos encontramos.

Afortunadamente en el poema La danza mortal de las Palmeras, Nava Espíritu nos sigue recreando de forma magnífica a su pueblo y el carácter de éste, de la mano de su justificada indignación. La voz de Nava Espíritu por este y otros poemas no pasa inadvertida, y además con el poema Cuando venga la muerte; da al libro un buen remate, y nos regala este epitafio con sabor a canción, que como canción buena, dan ganas de escucharse muchas veces.
Hugo Garduño
Tlalnepantla, Estado de México, 24 de enero del 2012

“La poesía imbuida dentro de este baile a mil voces se mueve dentro de los ojos del poeta niño donde la heterogeneidad en el origen de las cosas su voz más profunda y sutil se acomoda y encuentra eco al abrigo de los ojos de quien se maravilla y deslumbra con lo sublime del panorama diario.
En los ojos del poeta cabalgan bárbaros que enarbolan la bandera del diario trajinar, donde la sinfonía de las palomas a vuelo, descubren sirenas que lloran lluvia, la locura deambula en las calles y el poeta plantea una tesis temeraria.
-Que se vuelvan a reunir los hombres que alguna vez dispersó la danza-
Himno a la alegría que encuentra eco en el bardo para después constar la imposibilidad en la concreción de la vida.
-Y “los que sufren que tengan paciencia, porque de ellos será el reino de los cielos”.-
La musicalidad de la poesía que todo lo llena en el silencio que es el grito, sumerge al lector en la visión de Erasmo, en su poema / Frágiles Sirenas. Dedicado a la afamada interprete Lila Downs, re-aparece la voz que dicta:
-Desde el fondo del alma emerge el sublime canto.-
Donde el que canta nombra a la interprete en el encanto del canto…
El poema / El viento. La voz del autor juguetona, infantil, se despeina nombrando las  cosas más queridas, en este poema dedicado a los niños del mundo, la rima se hace presente cantando los periplos del todo omnipresente viento.
La Danza Mortal de las Palmeras. Poema que da título al presente volumen de la colección expreso, de la editorial Versodestierro, es a mi parecer su poema mejor logrado donde el autor nos habla desde la intimidad de su vida entre recuerdos que bifurcan memoriosos parajes cosas y sucesos de Mochitlán su tierra natal, los lugares memoriosos donde el poeta vivió sus correrías infantiles, cerros gentes y tristezas que se despeña a ras del suelo. Cuando uno piensa que el entorno donde se nutrió la vida del autor, la vida que nunca ha de quedar inmóvil, porque-citando a Julio Numhauser, -cambia, todo cambia.
A manera de Epitafio en su poema / Cuando venga la Muerte. Nos habla del tiempo que nunca nos ha de ser suficiente, siempre quedaremos llenos de pendientes, cuando visitaremos por última vez las calles de la ciudad que nutrió nuestro signo, el pueblo donde sembramos la palabra y que él nombra memorioso con la nostalgia de aquel que lleva una ciudad por dentro”.
Pedro Emiliano
Ciudad de México, enero del 2012

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