Para mi pequeño Augusto (El día del accidente)

Con el olor aún del alba furibunda
de esa madrugada, amarga, enloquecida;
te vi rodeado de calles trémulas y solas,
exhalando de tu alma radiante de dulzura:
inocencia y fragilidad de juventud adormecida.

Eran las huellas visibles de tu cara inerme,
las que hicieron que el viento ante mí se
[congelara;
era tal vez la ausencia en tu mirada,
que me hizo verte
tan indefenso en esa inmensa ciudad enfurecida.

Tus pensamientos viajaban hacia otros mundos
[lejanos del planeta;
mientras tu ser
no comprendía lo que pasaba en esta vida,
por el impacto infame que ese día se registrara.

Atrás, había quedado la alegría muy pura,
de conocer y divertirte en el “rodeo” furtivo,
donde la juventud actual brillaba lozanía:
bailaban y cantaban como ángeles divinos.

Ahora,
la noche helada se va, solitaria y vencida.
Y quedamos nosotros, con sentimientos nobles,
a pactar de nueva cuenta con la vida.

                                   Ciudad de México, 30 de marzo del 2001

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