La danza mortal de las Palmeras

I

Mochitlán:
pueblo lleno de amor y de silencios,
de viento y de esperanzas.

Me detendré un instante aquí:
a dialogar y a compartir los sueños
de mi gente.
Aquí donde las grandes avenidas se esfumaron
y con bifurcaciones aparecen los caminos.
Aquí donde las piedras lloran
y las tierras de labor
se agachan y suspiran hasta que llega el alba;
aquí donde las flores ríen y los pintorescos
paisajes se amontonan.

Aquí donde nací, aquí estaré,
después de haber andado los caminos;
uniré mi voz a la de mis ancestros
y evocaré los cantos más antiguos.

Cantaré con la mujer que entre las sombras
lleva diez lunas llenas en sus brazos;
cantaré con el “agricultor” que siembra:
las sonrisas, el amor y la esperanza quieta;
cantaré con mis amigos “taberneros”:
por la bebida que se esconde y se agazapa,
beberé el elíxir de esa planta
que gota a gota, ríe y se carcajea;
cantaré con todas las mujeres
de los extraños y arcaicos “Lavaderos”;
cantaré y disfrutaré en la senda de “El Chorrito”
con sus aromas de libertades ciegas;
entonaré los cantos más sagrados
del camino de “El Tanque” hacia el Naranjo;
dirigiré mis pasos a “La Boca del Molino”
y escucharé el canto de insólitos fantasmas;
subiré al cerro del “Tepoltzin”
y con un pedernal espantaré a los dioses;
observaré en lo profundo al “Río Salado”
que se mueve lento con la lluvia:
como serpiente ciega entre la hierba;
contemplaré vehemente
al “Río Zacapochapa”
que rueda eterno con el alba:
rueda con él la vida, rueda con el recuerdo,
rueda en sus rojas aguas el silencio;
y en las oscuras aguas del “Río Huacapa”:
angustiado y olvidado llora un muerto.
Después,
llegaré hasta la iglesia de mi pueblo
y lloraré por sus palmeras muertas.
Al llegar hasta aquí,
me consternó ese llanto:
de días aciagos que atormentaron a mi gente.

II

El silencio y fuerte viento de la tarde
desplegaron sus alas y volaron,
llegaron a las palmeras de mi pueblo
y proclamaron:
-¡resistan, no morirán!-
-¡resistan, no morirán!-;
ellas, espantadas y angustiadas
de repente se pusieron a temblar,
cuando manos asesinas
con poderosas máquinas
comenzaron a cortar;
esto fue, a ras de suelo.

Tres fatídicos días fueron
los que hubo que soportar,
todos del mes de marzo
del año de dos mil nueve;
esto fue, a ras de suelo.

Sabiendo ya la noticia,
no huyeron, ni se movieron,
se preparaban alegres
para un evento especial:
dar sombra al que asistirá
a la fiesta patronal;
esto fue, a ras de suelo.

Casi un siglo de existencia:
fueron el símbolo ideal
de ese prodigioso pueblo;
además, ayudaron con su sombra
a impedir que se acelere
lo que se ha dado en llamar:
“calentamiento global”;
por ello es que la noticia
a todos impresionó;
las palmeras nunca huyeron
de pie a todas destruyeron;
esto fue, a ras de suelo.

Las gentes en las esquinas
se agolparon sorprendidas,
preguntaban y decían:
-¡madre mía!,
-¡cortaron ya las palmeras
que dieron vida a la iglesia!-,
-¿quién cometió semejante atrocidad?-,
-¡dicen que fue la autoridad municipal!-,
contestaron otros;
pero otros más, aún preguntaban:
-¿cuántas palmeras fueron?-,
-¡afirman que veintiséis
y otros árboles que había!-;
esto fue, a ras de suelo.

La noticia se esparció:
va por el mundo entero,
y yo me pongo a pensar
quién dio golpe tan certero;
esto fue, a ras de suelo.

Después,
la duda a mí me intrigó
y quise ir a comprobar,
ahí en el atrio parado
ante un cuadro sin igual:
de troncos estaba lleno
todos ellos de palmeras
y algunos árboles más.
Pasaba del medio día
y ante el calor sofocante,
a lo lejos serpenteaba
como si eso fuera el mar
el vapor que desprendía
la tierra de ese lugar,
y en las calles se escuchaban
las salmodias y algo más:
un olor a incienso y lilas,
que al ambiente dominó;
al tiempo que de la iglesia
desfilaban tantas danzas
que al parecer son fantasmas
que a la distancia se pierden,
al decir de algunas gentes:
-parece que levantaban
una enérgica protesta
ante tan vil agonía
de criaturas indefensas-;
esto fue, a ras de suelo.

Por ello,
dancen palmeras, dancen,
y vayan al más allá,
que lo que a ustedes pasó
se registró aquí en la historia
de la infamia a Mochitlán;
esto fue, a ras de suelo.

Ciudad de México, 12 de agosto del 2009

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