Cuando venga la muerte

A veces me dan ganas
de reposar mi alma,
ir a un árbol frondoso
y disfrutar su sombra.

Si al descansar mis huesos
viniera la muerte,
le pediré que espere,
que en mi vida aún me quedan
algunos pendientes.

Debo darme mi tiempo:

de cortar una rosa  y besar a mi amada,
de visitar mi pueblo y recorrer sus calles
para escuchar el canto de voces lejanas;
de bañarme en el río junto a unos lirios verdes,
y llevar en la mano con una sonrisa:
un ramo de recuerdos de mi infancia dorada.

Debo acudir a un puerto y tirarme en la playa,
a contemplar cangrejos y negras aves raras
bailando con acacias y lilas moradas.

Me tomaré una copa en un país lejano,
rodeado de doncellas y mujeres longevas;
me detendré en un pueblo,
junto a un espino ciego
muy pálido y sin sombra;
hablaré con aldeanos y también con rameras:
hablaré de la vida,
hablaré de la muerte,
hablaré del silencio
que envolverá la vida,
cuando venga la muerte.

Después y muy cansado,
seguiré mi camino con inocentes pasos
por pueblos legendarios llenos de vieja historia,
de antiguas costumbres que roncan y sueñan;
pasado el tiempo como río caudaloso en primavera,
volveré nuevamente a esta tierra
de puntiagudos soles,
e iré al árbol frondoso que llora por las noches;
causándome sorpresa y ternura inventada,
que la muerte en su espera,
perdiera la paciencia y muy pronto se fuera.

Ciudad de México, 28 de agosto del 2008

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