Sé que te volveré a ver, mujer, estoy seguro…

Tal vez al despertar el alba de este día,
tú estés sentada en casa tan tranquila:
contemplando la escarcha
y el brillo que cubre los abedules frondosos de la colina
[de enfrente;
o tal vez mires en los cerros cercanos:
lo espeso y bajo que se encuentra la neblina;
o quizás adviertas con profunda alegría:
al invierno tan crudo y en agonía
que se sacude todo y se retira.

Cuando el invierno pase,
y la primavera cubra de bellas flores el paisaje,
preguntaré por ti
en esa casa antigua y solariega,
y será tu recuerdo tal vez
envuelto en polvo y lejanía,
quien corra apresurado a recibirme;
serán tus pasos lentos junto a los viejos perales,
o será tu sonrisa cubierta por la bruma,
quienes adviertan mi presencia en esa casa.

Insistiré, no obstante, porque
sé que te volveré a ver, mujer, estoy seguro;
te irás a otras ciudades, solitarias y extrañas,
recorrerás sus calles, sus parques y sus plazas,
y al final de tu viaje,
respirarás profundo y quedarás exhausta.

Pero cuando el invierno llegue nuevamente
y llene de escarcha los abedules frondosos de la colina de
[enfrente,
sé que tú volverás
con tu sonrisa de mujer ardiente,
a entregarte a mis brazos nuevamente.

Por ello,
sé que te volveré a ver, mujer, estoy seguro.

                                                   Teziutlán, Puebla, 8 de febrero del 2005

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