Poema a un Hombre con brazo enyesado

Si solamente pudieras ver llover y no mojarte,
si solamente esta prisión fuera aparente y liberarte;
si solamente el yeso fuera yeso y no estorbarte;
créeme que esto sería gratificante.

¡Pero cuántas cosas no harías
con tu brazo liberado!;
por ejemplo:
podrías acariciar lo terso y rosado de la mejilla, de ella,
o acariciar lo dorado y fresco de su pelo y de su risa;
o simplemente estirarlo y estrecharla en tu regazo, a ella.

Podrías también:
correr en libertad y levantar los brazos hacia las estrellas,
podrías con ese brazo alzarlo
y con tus dedos señalar sólo a una de ellas, las estrellas;
en fin:
podrías cruzar por la espesura de un rosal
y cortar de las rosas, la más bella;
pero con ese yeso allí incrustado,
tu brazo se encuentra prisionero;
y en ciertos momentos:
te desespera, te asfixia,
que sientes el deseo de gritar y de escaparte:
hacia el azul del cielo y nubes blancas
que alegran esta tarde veraniega.

Pero en lo general, estás ahí, con mucha fortaleza:
viendo morir el día en la distancia,
y escuchando a los alegres pajarillos
trinar en los árboles cercanos;
y a la tarde dorada que se la lleva el viento:
llorando y sollozando con los ojos muy abiertos.

Por ello es que a esta hora,
ha llegado la noche, y tú estás ahí quieto.

                               Ciudad de México, 21 de junio del 2006

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