Facunda “La loca”

En Mochitlán,
bello pueblo guerrerense,
en el que aún permanece:
el recuerdo magistral
de lo que aquí en tierra fuera,
esa mujer placentera
de ojos vivos y muy claros;
deambulaba por sus calles,
llevando una bolsa blanca
repleta de sus recuerdos,
de suspiros y de andanzas;
también en ella llevaba,
su ropa limpia que usaba,
que era con la que contaba;
ya que ni a casa llegaba.

Facunda de mis recuerdos,
Facunda de mis ayeres,
caminas todos los días
por las calles empedradas,
de ese pueblo tan tranquilo,
que te recuerda como eres.

Vas hablando, vas llorando,
o tal vez, vas preguntando:
“¿dónde quedó mi querer,
el que me hizo padecer,
pero que me quiso tanto?”

¡Dónde!, ¡dónde!, preguntabas;
pero nadie contestaba,
porque te consideraban loca;
pero lo que ahí pasaba,
era que no te entendían,
porque al buscar a tu amor
lo dabas todo, aún la vida,
por hallarlo, por hallarlo,
porque es parte de tu vida.

Pero así,
la gente no lo entendía;
por eso cuando pasabas
al atardecer el día,
por las calles empedradas,
los niños que ahí jugaban
te veían y te seguían,
hasta perderte en la lejanía;
desde donde les lanzabas:
piedras blancas, piedras rojas,
piedras de sabiduría;
eso en los niños,
su curiosidad movía,
y te seguían por las calles,
porque te consideraban loca.

Después,
en el río tú te bañabas,
como una musa romana
que disfruta de un portento;
ante esa abundancia de agua,
tu ropa también lavabas
aunque esto fuera un tormento;
pero después te ausentabas
por donde se oculta el tiempo;
y los niños disfrutaban:
con el sol, con el agua, y con el viento.

                                 Ciudad de México, 20 de febrero del 2004

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