Caída del cielo

Cuando te conocí, mujer,
lucías perfecta, mi querida amada,
¿venías del cielo, o de la nada?,
no lo sé,
pero traías en tus manos a la ciudad ahogada,
arrojando sus sordas y envejecidas calles,
y agitando eternamente sus modernos ejes viales;
pero tú,
lucías perfecta, mi querida amada;
traías además:
el aire fresco del bosque más cercano,
el deseo de ser grande y luchar junto a tu hermano,
ser la mujer más bella y poner el mundo en tus manos.

Pero insisto,
lucías perfecta, mi querida amada:
traías la sonrisa más limpia y más sincera de la tierra,
la mirada que recorrió llorando la ciudad entera,
y el gesto hecho un encanto en la pradera.

No obstante,
lucías perfecta, mi querida amada:
tus besos aún vagan y se escuchan
en esta ciudad de formas obstinadas,
tus ardientes deseos
vuelan como murciélagos en grutas desplomadas;
tu cadencioso caminar, con movimientos húmedo y
[callado,
y esa sonrisa suave, silenciosa y sensual,
pasan montados todos, sobre un caballo letal.

Pero aún en esta hora oscura y abandonada,
pregunto ansioso al verte, mi queridísima amada:
¿venías del cielo, o de la nada?
simplemente: caída del cielo, mi adorada.

                                     Ciudad de México, 2 de octubre del 2005

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