LA NOCHE DE LOS FARAONES DE HERACLIÓN

Hoy, inicio un viaje a la ciudad hundida de Heraclión:
hice maletas y saqué mi espada verde con punta de cuchillo ardiendo;
convencí al ingenioso y errante Ulises que recorrió los mares
para usar su ligera y portentosa nave;

me subiré a un camello de una enorme joroba
que me lleve extasiado por el brillante sol:
de ese extenso desierto de amarillas arenas
y de un silencio oculto en los pasos que doy.

Abrazaré tormentas de calor asfixiante
y luego en un oasis mi sed apagaré.

Visitaré los templos tan lejanos y antiguos
e iré con una antorcha hacia el fondo del mar,
conoceré ese antiguo y legendario puerto
de estatuas de granito que miran sorprendidas:

¡oh suave transparencia de claridad solar!

Gloriosos faraones desde su rojo trono
usaron su poder al elegir sus tumbas
para andar por caminos hacia la eternidad
dejando aquí en la Tierra:
un puño de esperanzas, gemidos, lágrimas…

La antigua ciudad egipcia el libro de su historia cerró
y entre tormentas de arena sus tesoros ocultó;
hoy, en ese lugar aún pasan sombras de misteriosos faraones
que se posan como ostras en afiladas rocas.

Heraclión, abandonada por las pulverizadas albas
ahora despierta de un gran letargo en la profundidad del mar,
sus silenciosas calles ocultas en el tiempo
se llenaron de ensueños y de historias fantásticas.

La noche oscura llega como una cuchillada lenta y frívola
y la ciudad de Heraclión la recibe callada y con olas frías en su pecho,
el faraón en turno con sonrisa de invierno y su corona azul
su bastón de mando sacó: ¡al pueblo glorificó!;

luego…, con parsimonia infinita…, como el viento se marchó.

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